Asuntos de familia: incredulidad y silencio.

La Denuncia

Inicio de la investigación penal –

 “Los psicópatas… no son solo los fríos asesinos de las películas. Están en todas partes, viven entre nosotros y tienen formas mucho más sutiles de hacer daño que las meramente físicas. Los peores llevan ropa de marca y ocupan suntuosos despachos, en la política y las finanzas. La sociedad no les ve, o no quiere verles, y consiente”.

— Robert Hare.

Erase una vez, en un pequeño pueblo de Alemania del que ya no quisiera acordarme, un lunes de Enero, sin haber dormido nada desde nuestra llegada al refugio de mujeres, 43 horas antes y con la herida abierta, me preparaba para salir muy temprano. Tocaron a la puerta, las dos mujeres listas para acompañarme me avisaban que era hora. Mi corazón se sentía arrancado, hueco, el desasosiego era tal que solo podría compararlo con la cercanía de la muerte, una suerte de asfixia y ardor intenso.

La encargada del refugio informó a la Policía inmediatamente que llegamos el motivo de nuestra salida de casa. Fue en ese momento que me aconsejaron denunciar a primera hora del siguiente lunes.

Intenté hablar con la abogada antes de ir a la Estación, quería asegurarme de que era lo mejor, pero no fue posible. Las dos mujeres repetían en coro: ¨Esto es lo correcto, haces lo correcto¨. Yo sabía que era necesario, había repasado mil veces las pocas opciones que tenía y en ese momento era la que parecía más razonable. Mi corazón de madre me urgía a la acción para proteger a las niñas, mi corazón de esposa exigía una aclaración, deseando que todo fuese un mal sueño.

En medio del silencio de camino a la estación, no dejaba de proyectarse la imagen de dos hombres: el esposo dulce que recordaba y el otro, el perverso encubierto que no había querido ver. Mis acompañantes apenadas leían en mi rostro desencajado mi debate interior. El duelo por perder al amado que no existe y la responsabilidad por desenmascarar al desalmado que se esconde. El asco, la duda, la confusión, la culpa, el recuerdo, la pena, todo eso de golpe. A pesar de todo, sentía pena por el, por mí, por ellas. No podía dejar de repetirme: por qué? Como era posible? el parecía maravilloso, eramos una familia feliz. Esto es un sueño.

Una vez en la Estación de Policía todo parecía frío y deshumanizado. Después de unos 15 minutos, nos llevaron a la oficina del agente para rendir declaración. Una mirada inquisidora me invitó a sentarme, para luego preguntar: no me diga, usted se quiere divorciar, no?…mi acompañante dudo en traducirme la pregunta, pero lo hizo. Ante la dureza del Policía, tuve el impulso de pararme y salir de ahí llorando. Las dos mujeres, no podían creerlo y respondieron indignadas: ¨Discúlpese por su comentario, cree que es fácil para una mujer denunciar a su esposo?¨;¨…esto no lo hace por ella, es por sus hijas¨, dijo la otra, mientras me tomaba de la mano. Quise salir de allí, pero decidí seguir adelante pensando que era el mejor camino para proteger a mis hijas. A pesar del dolor que me causaba declarar contra quien hasta hace unos meses era mi amado esposo.

Terminando de declarar entre lágrimas, el agente escéptico, me recordó mi derecho a no declarar contra mi cónyuge. Después de dos horas de narrar los hechos más aberrantes, el agente me invitaba a reconsiderar mi declaración. ¨En Alemania, al tener un vínculo con el presunto, me dijo, puede todavía si quiere retractarse. No, no lo hice, aunque hubiera querido salir de ahí corriendo en ese mismo instante. Tuve el presentimiento de que aquellos agentes no estaban ahí para esclarecer los hechos, y sin saber lo que me esperaba, me aventuré en un proceso judicial casi suicida contra el padre de mis hijas. Con el alma rota y en total incertidumbre, firmé la denuncia contra mi esposo por abuso sexual infantil.

Este desafortunado inicio, sería el augurio del constante enjuiciamiento al que me he visto sometida durante todo el proceso, siempre enfocados en descubrir los oscuros motivos de la madre maliciosa. El objetivo de la investigación pareciera centrarse en descubrir por qué la madre se atrevió a denunciar, en vez de aclarar el hecho denunciado. Las hipótesis se configuran en base a una serie de prejuicios como: se quería divorciar, quiere la patria potestad, quiere dinero, latina despechada, se quiere regresar a su país, tendrá otra relación, manipuladora, madre sobreprotectora, o simplemente histérica…

Pese a los esfuerzos por encontrar soluciones para garantizar la protección de las niñas, nadie es capaz de brindar claridad y menos transparencia en el proceso. Antes de ir al refugio llevaba semanas intentando asesorarme con los expertos en el tema, los mismos que hablan de la prevención y la detección temprana pero luego no te dicen que hay más allá de la denuncia.

Contacté muchas asociaciones por toda Alemania, buscando desesperadamente un consejo para proteger a mis hijas. Todos coincidían en que era prácticamente imposible proteger a los niños pequeños porque no son creíbles. No haga una denuncia directa hasta no tener pruebas físicas. No lo confronte, empeorará las cosas. Es muy difícil en casos de abuso intrafamiliar. Inténtelo, le deseamos suerte, fueron algunas de las recomendaciones. Entre más te adentras en la lucha, más te das cuenta que te vas quedando sola.

Así empezaba esta amarga experiencia con el sistema judicial alemán, que contrariamente a mis anhelos de madre y a las altas expectativas que se tienen de una potencia como esta, el sistema se empeñaba en todo, menos en garantizar la protección de los niños, eso sí muy bien justificado en nombre del “INTERÉS SUPREMO DEL MENOR”.

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